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Carta de Einstein a Freud
Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932.
Estimado profesor Freud:
La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto
Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien,
elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier
problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir
con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más
imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar.
El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la
humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la
ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la
civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha
puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable
fracaso.
Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y
prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su
impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las
opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los
problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a
mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las
oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la
indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de
tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias,
permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca
de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya
presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma,
pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy
seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al
ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una
manera simple de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del
problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo
legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre
las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas
de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin
reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal
estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada,
me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que,
en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer
cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean
desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener
en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las
decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la
comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos) en
tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su
ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una
organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad
incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me
veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad
internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de
todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y
está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa
seguridad.
El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los
esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja
lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que
paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de
esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de
todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía
nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las
actividades de otro grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias,
económicas. Pienso especialmente en ese pequeño pero resuelto grupo, activo
en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las
consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación
y venta de armamentos, nada más que una ocasión para favorecer sus intereses
particulares y extender su autoridad personal.
Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una
apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de
inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de
sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra
representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a
los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la
creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la
raza, y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una
respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase
dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo
general también
Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De
ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos logran
despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a
sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre
tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta
pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias
inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta
el poder de una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el
complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en
el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.
Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la
evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del
odio y la destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las
llamadas "masas ¡letradas". La experiencia prueba que es más bien la llamada
"intelectualidad" la más proclive a estas desastrosas sugestiones
colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al
desnudo ' sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla:
sobre la página impresa.
Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones,
a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la
pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso
en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor
religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, también, en la
persecución de las minorías raciales.) No obstante, mi insistencia en la
forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha
sido deliberada, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir
la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados.
Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a
todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para
todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz
mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición
podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.
Muy atentamente,
Albert Einstein.
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Carta de Freud a Einstein
Viena, setiembre de 1932
Estimado profesor Einstein:
Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de
ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de
los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema
situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de
nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de
acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos
lados. Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede
hacerse para defender a los hombres de los estragos de
Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha
ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré
siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa,
procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.
Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de
partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la
palabra "poder" por "violencia" ("Gewalt"), más dura y estridente? Derecho y
violencia son hoy opuestos para nosotros. Es fácil mostrar que uno se
desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos
cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las
manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo,
cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza
a ello.
Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en
principio mediante
He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la
violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se
modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al
derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de
que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios
débiles. "L'union fait la force". La violencia es quebrantada por la unión,
y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la
violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad.
Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que
le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la
diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia
de un individuo la que se impone, sino la de
Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la
violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que
se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros.
Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones. Las circunstancias
son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos
de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida
en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su
fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura. Pero
semejante estado de reposo (Ruhezustand) es concebible sólo en la teoría; en
la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad
incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres,
padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento,
vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el
derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales
relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los
dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los
sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en
el derecho (Rechtsunruhe), pero también de su desarrollo. En primer lugar,
los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por
encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del
imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos
empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos
cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho
desparejo a la igualdad de derecho. Esta última corriente se vuelve
particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen
en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a
consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces
adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más
frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese
cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una
cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia
tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho. Además, hay otra
fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es
la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a
un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.
Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar
la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones
de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la
convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales
luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de
soluciones pacíficas. Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos
muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o
varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes,
pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de
fuerzas en
Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted
obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es
posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central
encargada de entender en todos los conflictos de intereses. Evidentemente,
se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa
índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin
Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que
resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo
debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese
azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo. Creemos en
la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años
nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a
exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que
hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?
Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas
que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el
sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente
ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir
y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión
o de destrucción. Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la
universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un
nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña
un papel en la disciplina de usted. Ahora permítame que no introduzca
demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas
pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y
contrarias de ambas surgen los fenómenos de
Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas
permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la
acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe
estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar
la acción varios motivos edificados de esa misma manera. Ya lo sabía uno de
sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos
enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que
como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: "Los móviles (Bewegungsgründe)
por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la
Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo,
"pan-panfama" o "fama-famapan"". Entonces, cuando los hombres son exhortados
a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda
una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz
alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por
cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir;
innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su
existencia y su intensidad. El entrelazamiento de esas aspiraciones
destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su
satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la
historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de
pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las
crueldades de
Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las
guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante
en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su
significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado
a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en
producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia
inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte,
mientras que las pulsiones eróticas representan (repräsentieren) los afanes
de
De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no
ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones
agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde
la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta,
existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la
compulsión y
Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una
fórmula sobre las vías indirectas para combatir
Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo
para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la
desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en
conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría,
necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de
las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir;
debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un
estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser
amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de
las masas heterónomas. No hace falta demostrar que los abusos de los poderes
del Estado (Staatsgewalt) y la prohibición de pensar decretada por la
Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una
comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura
de
Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas
prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es
empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen
a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no
planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos
sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la
admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella
parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable
en
Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde
épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo
de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla "civilización".) A este
proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de
aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su
desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles. Acaso lleve a la
extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de
una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la
población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura.
Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies
animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el
desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado
a ser todavía una representación familiar (ver nota). Las alteraciones
psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e
indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas
pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones
placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes
o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y
estéticos reconoce fundamentos orgánicos. Entre los caracteres psicológicos
de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del
intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización
de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y
peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las
actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos
precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos
más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en
nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia
extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la
guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.
¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan
pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica
que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la
justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner
fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no
podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que
promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra (ver
nota).
Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha
desilusionado.
Sigmund Freud
[Obras Completas de Sigmund Freud, traducción de Luis López-Ballesteros y de
Torres]
Enero, 2009
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